El ascensor estaba remendado con trozos de contrachapado. Su suelo parecía una cama elástica dispuesta a lanzarle contra el techo o dejarle caer al abismo. Carvalho se agarró a las paredes. Salió a un pasillo crema oscurecido por un polvillo grasiento, condenado a la penumbra por bombillas de veinte watios encarceladas tras las rejas de portalámparas de sótano. Ocho puertas grises de madera enferma cerraban los ocho apartamentos de cada rellano. Se detuvo ante el 7-H. Alguien había escrito rascando con una llave sobre la pintura el nombre de Lola. La puerta se abrió como se vence la hoja de un libro. Encendió una cerilla para localizar los contadores, pero estaban allí, a la vista, como un enjundioso panel cibernético. Se hizo la luz en el recibidor. En una nada de paredes desnudas y manchadas. Luego la luz descubrió un comedor-sala de estar con un tresillo de metal y tapicería de cuadros escoceses, metal pintado de negro y descascarillado, cuadros escocesesde irregulares descoloridos. Una lámpara de pie de madera torneada y papel encerado. Una herradura en una pared. En otra una erialismo..., el comunismo..., y así hasta doce o trece, un libro del cura Xirinacs en catalán, Poesías completas de Cernuda. Estructura de la lírica moderna, de Friedrich. Al abrir la cama aparecieron sábanas y mantas plegadas con peste de humedades y meses. En la pared del dormitorio, un mapa del Pacífico y las costas de América y Asia, la boca de Asia a punto de morderle el culo a América. De nuevo los recortes de periódicos aquí y allá, pinchados en la pared por chinchetas, amarillentos, casi ilegibles. Notas políticas en torno al Pacto de la Moncloa, noticias muertas a fines de 1977 o durante 1978, aunque en menor cantidad, como si Stuart Pedrell hubiera pasado la primera fiebre de crear puntos de referencia en aquellas pa;-edes extrañadas. En un armario un traje gris oscuro comprado en una sastrería de Hospitalet, un conjunto de chaqueta y pantalón de la misma sastrería, ropa interior, una corbata, un par de zapatos veraniegos de tela y esparto. La, cocina era un desierto habitado por media docena de platos sobre el escurridor, una cafetera, dos tazas para calé, un bote con azúcar convertida en una bola compacta y otro con café molido descolorido. En la nevera, desconectada, se había producido el milagro de la rodaja de jamón dulce momificada e incorrupta. Un tarro de pepinillos franceses, conservados en vinagre blanco y granos de pimienta, daba la nota exótica arrinconado en el fondo de un estante de la nevera, junto a media pastilla de mantequilla jabonosa envuelta en papel de estaño. En la alacena encristalada, un paquete de arroz americano «Uncle Ben», un tarro de sopa juliana deshidratada, un paquete de café sin abrir, dos cervezas, doce botellas de agua mineral con gas, una botella mediada de jerez seco barato, una botella de coñac Fundador y otra de anís Marie Brizard. En la última, pequeña, habitación del apartamento, encontró una caja con cremas y cepillos para el calzado y otra de cartón con productos fundamentales de botiquín: aspirinas, mercromina, tiritas, agua oxigenada, alcohol, una lima de callos. En el cuarto de baño, un juego completo de toallas, una botella de gel de baño Moussel, Moussel, Moussel, de Legrain, París, piedra pómez, un albornoz blanco, pantuflas diríase que árabes, un fregajuelos muy usado. Recorrió otras tres veces la casa inventariando todo lo que veía.
Luego salió sin desconectar el contador. Ya en la calle buscó una cabina telefónica. Ninguna de las dos inmediatas funcionaba. Entró en la bodega de vinos Jumilla. El dueño blanco estaba solo, sentado ante una copa llena de cazalla. No miró a Carvalho, pero le dijo que sí cuando le pidió permiso para telefonear. Llamó a Biscuter para que subiera a Vallvidrera a darle de comer a Bleda.
No tengo nada para un perro.
-En Vallvidrera hay cosas. ¿Qué habías hecho para mí?
-Una merluza a la sidra.
-¿De dónde has sacado la sidra?
-El dueño del colmado de la esquina es asturiano.
-Dale merluza ala sidra. Pero quítale bien las espinas.
-¿Al perro? ¿Merluza a la sidra al perro?
-Conviene educarle el paladar. ¿Ha preguntado alguien por mí?
-La de siempre,
-¿La chica?
-La chica.
-Pasaré temprano por el despacho.
-¿Se lo digo si vuelve a llamar?
-No. Ten cuidado con las espinas. No vaya a clavarse el perro una en la garganta.
—-¿Insiste en lo de la merluza a la sidra?
-Haz lo que quieras.
-¿No le puedo localizar en ninguna parte?
-No me he llevado la brújula para darte la latitud y la longitud. Cortó la pregunta de Biscuter sobre la merluza a la sidra y Bleda. Que te aproveche, Bleda. Asómate al mundo de los hombres civilizados a través de una cocina digna y cuando me muera recuerda que un día te di de cenar lo que Biscuter había hecho con amor para ¡ni.
-¿Qué le debo?
-A mí nadie me debe nada. Soy yo el que debo a todo el inundo -le contestó el hombre desde su ensimismamiento.
Carvalho recorrió el barrio hasta encontrar un bar abierro. Le prepararon un bocadillo de atún en aceite v se comió una ración de tortilla de patatas. Compró una botella de vino blanco frío sin pedigrí. Regresó al piso de Stuart Pedrell, conectó el calentador. Se duchó, se jabonó con el gel Moussel, Moussel, Moussel de Legrain,
París, se enfundó el albornoz, que olía a humedad. Recorrió el piso hasta sentir su frío maloliente de tumba sin cadáver. Inspeccionó la limpieza de las sábanas y mantas. Se hizo la cama. Se acabó el vino mientras miraba hoja por hoja todos los libros que Stuart Pedrell había salvado de su naufragio. Más que seleccionados, parecían muestras
de una sed intelectual que a Carvalho le parecía enfermiza. Sólo encontró un papelito, a manera de punto, en una página de las Poesías completas de Cernuda.

Recuerdo que tocamos el puerto tras larga travesía,
y dejando el navío y el muelle, por callejas
(entre el polvo mezclados pétalos y escamas),
llegué a la plaza, donde estaban los bazares.
Era grande el calor, ¡asombra poca.

El poema se titulaba Las islas y relataba la aventura de un hombre que llega a una isla, se lo tira una mujer y después reflexiona sobre el recuerdo y el deseo. «¿No es el recuerdo la impotencia del deseo?» Carvalho cerró el libro y apagó la luz. Se tumbó en la cama. De la oscuridad le caían olores de aire muerto, lejanos ruidos de
coches, alguna voz, un goteo en el cuarto de baño del piso de al lado. Stuart Pedrell pasó en esa habitación las noches de un largo año. Le bastaba recorrer unos kilómetros para recuperar todo lo que había sido durante cincuenta años y en cambio permaneció en aquella oscuridad, noche tras noche, interpretando el papel de un
Gauguin manipulado por un autor fanático del realismo socialista, un autor cabrón dispuesto a castigarlo por todos los pecados de clase dominante que había cometido. Y ese autor era él mismo. Incapaz de sacar el lenguaje de sí, él mismo se había convertido en lenguaje. Vivía la novela que no podía escribir o la película que no podía dirigir Pero ¿para qué público? ¿Quién tenía que aplaudir o silbar al final de la interpretación? Él mismo. Es un sufrido narcisista, había dicho el marqués de Munt. Mucha capacidad de desprecio se necesitaba para aguantar noches y noches esa soledad anónima, una soledad de amnésico. A Carvalho le había costado mucho convencerse de que valía la pena cocinar para uno mismo. Le costaba comprender cómo un hombre puede falsificar su papel sólo para sí, sin la posibilidad de comunicarse. ¿Te mirabas al menos en el espejo, Stuart Pedrell? Saltó de la cama. Fue al cuarto de baño, encendió la luz, se miró en un espejo corroído por salpicaduras de aguas y dentífricos «¡Qué viejo estás, Carvalho!» Arrancó una tira de papel higiénico Volvió a la cama. Pensó en la viuda de Stuart y se masturbó furtivamente, como si lo hiciera en el retrete del colegio o detrás de un árbol. Se limpió con el papel higiénico y dejó caer la bola de papel en el suelo. Se durmió tras asumir la sorpresa de lo mucho que se parecen el olor de semen y el de las tumbas vacías.
Se despertó a las dos horas de dormir. Tardó en adquirir conciencia del lugar. Trató de volver a dormirse, pero le molestaban el olor y la consistencia de unas sábanas demasiado tiempo abandonadas. Se hizo café. ¿Que se puede hacer en San Magín a las cinco de la mañana? Coger el autobús para ir a trabajar. A media taza de café, tuvo la idea de que Ana Briongos no tardaría en coger el autobús que la llevaría a la SEAT. Acabó el café. Lo pensó y lo repensó, pero finalmente abrió el tarro de pepinillos. Probó uno. Repugnante. El ascensor subió lentamente a buscarle como un gusano sube por la gusanera en que está aprisionado para siempre. Aceras solitarias, pero más allá de la esquina límite de la manzana se vislumbraban regueros humanos desperdigados obsesivamente orientados hacia la entrada del barrio. Aceleró los pasos para sumarse a los madrugadores. Un muchacho que llevaba subidas las solapas de una cazadora de napa negra le informó que los autobuses de la SEAT paraban en la plaza de entrada, al lado mismo del obelisco donde rezaba la leyenda Una ciudad nueva para una vida nueva. Permanecían allí dos autobuses azules, sus luces interiores perfilaban a los primeros ocupantes, los abrigaban con un calor hogareño en contraste con la fría hostilidad de la madrugada.