El Viejo Almacén de Libros Fragmentos escogidos de libros mi biblioteca con voluntad de fomentar el deseo de leer. 2006-02-15T10:26:43+00:00
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Fotografía the-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thing El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2006/02/15/los-mares-del-suur-manuel-vazquez-montalban Los mares del sur.Manuel Vazquéz Montalban 2006-02-15T10:26:43+00:00 2007-11-06T06:52:11+00:00 <p>El ascensor estaba remendado con trozos de contrachapado. Su suelo parecía una cama elástica dispuesta a lanzarle contra el techo o dejarle caer al abismo. Carvalho se agarró a las paredes. Salió a un pasillo crema oscurecido por un polvillo grasiento, condenado a la penumbra por bombillas de veinte watios encarceladas tras las rejas de portalámparas de sótano. Ocho puertas grises de madera enferma cerraban los ocho apartamentos de cada rellano. Se detuvo ante el 7-H. Alguien había escrito rascando con una llave sobre la pintura el nombre de Lola. La puerta se abrió como se vence la hoja de un libro. Encendió una cerilla para localizar los contadores, pero estaban allí, a la vista, como un enjundioso panel cibernético. Se hizo la luz en el recibidor. En una nada de paredes desnudas y manchadas. Luego la luz descubrió un comedor-sala de estar con un tresillo de metal y tapicería de cuadros escoceses, metal pintado de negro y descascarillado, cuadros escocesesde irregulares descoloridos. Una lámpara de pie de madera torneada y papel encerado. Una herradura en una pared. En otra una erialismo..., el comunismo..., y así hasta doce o trece, un libro del cura Xirinacs en catalán, Poesías completas de Cernuda. Estructura de la lírica moderna, de Friedrich. Al abrir la cama aparecieron sábanas y mantas plegadas con peste de humedades y meses. En la pared del dormitorio, un mapa del Pacífico y las costas de América y Asia, la boca de Asia a punto de morderle el culo a América. De nuevo los recortes de periódicos aquí y allá, pinchados en la pared por chinchetas, amarillentos, casi ilegibles. Notas políticas en torno al Pacto de la Moncloa, noticias muertas a fines de 1977 o durante 1978, aunque en menor cantidad, como si Stuart Pedrell hubiera pasado la primera fiebre de crear puntos de referencia en aquellas pa;-edes extrañadas. En un armario un traje gris oscuro comprado en una sastrería de Hospitalet, un conjunto de chaqueta y pantalón de la misma sastrería, ropa interior, una corbata, un par de zapatos veraniegos de tela y esparto. La, cocina era un desierto habitado por media docena de platos sobre el escurridor, una cafetera, dos tazas para calé, un bote con azúcar convertida en una bola compacta y otro con café molido descolorido. En la nevera, desconectada, se había producido el milagro de la rodaja de jamón dulce momificada e incorrupta. Un tarro de pepinillos franceses, conservados en vinagre blanco y granos de pimienta, daba la nota exótica arrinconado en el fondo de un estante de la nevera, junto a media pastilla de mantequilla jabonosa envuelta en papel de estaño. En la alacena encristalada, un paquete de arroz americano «Uncle Ben», un tarro de sopa juliana deshidratada, un paquete de café sin abrir, dos cervezas, doce botellas de agua mineral con gas, una botella mediada de jerez seco barato, una botella de coñac Fundador y otra de anís Marie Brizard. En la última, pequeña, habitación del apartamento, encontró una caja con cremas y cepillos para el calzado y otra de cartón con productos fundamentales de botiquín: aspirinas, mercromina, tiritas, agua oxigenada, alcohol, una lima de callos. En el cuarto de baño, un juego completo de toallas, una botella de gel de baño Moussel, Moussel, Moussel, de Legrain, París, piedra pómez, un albornoz blanco, pantuflas diríase que árabes, un fregajuelos muy usado. Recorrió otras tres veces la casa inventariando todo lo que veía.<br /> Luego salió sin desconectar el contador. Ya en la calle buscó una cabina telefónica. Ninguna de las dos inmediatas funcionaba. Entró en la bodega de vinos Jumilla. El dueño blanco estaba solo, sentado ante una copa llena de cazalla. No miró a Carvalho, pero le dijo que sí cuando le pidió permiso para telefonear. Llamó a Biscuter para que subiera a Vallvidrera a darle de comer a Bleda.<br /> No tengo nada para un perro.<br /> -En Vallvidrera hay cosas. ¿Qué habías hecho para mí?<br /> -Una merluza a la sidra.<br /> -¿De dónde has sacado la sidra?<br /> -El dueño del colmado de la esquina es asturiano.<br /> -Dale merluza ala sidra. Pero quítale bien las espinas.<br /> -¿Al perro? ¿Merluza a la sidra al perro?<br /> -Conviene educarle el paladar. ¿Ha preguntado alguien por mí?<br /> -La de siempre,<br /> -¿La chica?<br /> -La chica.<br /> -Pasaré temprano por el despacho.<br /> -¿Se lo digo si vuelve a llamar?<br /> -No. Ten cuidado con las espinas. No vaya a clavarse el perro una en la garganta.<br /> —-¿Insiste en lo de la merluza a la sidra?<br /> -Haz lo que quieras.<br /> -¿No le puedo localizar en ninguna parte?<br /> -No me he llevado la brújula para darte la latitud y la longitud. Cortó la pregunta de Biscuter sobre la merluza a la sidra y Bleda. Que te aproveche, Bleda. Asómate al mundo de los hombres civilizados a través de una cocina digna y cuando me muera recuerda que un día te di de cenar lo que Biscuter había hecho con amor para ¡ni.<br /> -¿Qué le debo?<br /> -A mí nadie me debe nada. Soy yo el que debo a todo el inundo -le contestó el hombre desde su ensimismamiento.<br /> Carvalho recorrió el barrio hasta encontrar un bar abierro. Le prepararon un bocadillo de atún en aceite v se comió una ración de tortilla de patatas. Compró una botella de vino blanco frío sin pedigrí. Regresó al piso de Stuart Pedrell, conectó el calentador. Se duchó, se jabonó con el gel Moussel, Moussel, Moussel de Legrain,<br /> París, se enfundó el albornoz, que olía a humedad. Recorrió el piso hasta sentir su frío maloliente de tumba sin cadáver. Inspeccionó la limpieza de las sábanas y mantas. Se hizo la cama. Se acabó el vino mientras miraba hoja por hoja todos los libros que Stuart Pedrell había salvado de su naufragio. Más que seleccionados, parecían muestras<br /> de una sed intelectual que a Carvalho le parecía enfermiza. Sólo encontró un papelito, a manera de punto, en una página de las Poesías completas de Cernuda.</p> <p>Recuerdo que tocamos el puerto tras larga travesía,<br /> y dejando el navío y el muelle, por callejas<br /> (entre el polvo mezclados pétalos y escamas),<br /> llegué a la plaza, donde estaban los bazares.<br /> Era grande el calor, ¡asombra poca.</p> <p>El poema se titulaba Las islas y relataba la aventura de un hombre que llega a una isla, se lo tira una mujer y después reflexiona sobre el recuerdo y el deseo. «¿No es el recuerdo la impotencia del deseo?» Carvalho cerró el libro y apagó la luz. Se tumbó en la cama. De la oscuridad le caían olores de aire muerto, lejanos ruidos de<br /> coches, alguna voz, un goteo en el cuarto de baño del piso de al lado. Stuart Pedrell pasó en esa habitación las noches de un largo año. Le bastaba recorrer unos kilómetros para recuperar todo lo que había sido durante cincuenta años y en cambio permaneció en aquella oscuridad, noche tras noche, interpretando el papel de un<br /> Gauguin manipulado por un autor fanático del realismo socialista, un autor cabrón dispuesto a castigarlo por todos los pecados de clase dominante que había cometido. Y ese autor era él mismo. Incapaz de sacar el lenguaje de sí, él mismo se había convertido en lenguaje. Vivía la novela que no podía escribir o la película que no podía dirigir Pero ¿para qué público? ¿Quién tenía que aplaudir o silbar al final de la interpretación? Él mismo. Es un sufrido narcisista, había dicho el marqués de Munt. Mucha capacidad de desprecio se necesitaba para aguantar noches y noches esa soledad anónima, una soledad de amnésico. A Carvalho le había costado mucho convencerse de que valía la pena cocinar para uno mismo. Le costaba comprender cómo un hombre puede falsificar su papel sólo para sí, sin la posibilidad de comunicarse. ¿Te mirabas al menos en el espejo, Stuart Pedrell? Saltó de la cama. Fue al cuarto de baño, encendió la luz, se miró en un espejo corroído por salpicaduras de aguas y dentífricos «¡Qué viejo estás, Carvalho!» Arrancó una tira de papel higiénico Volvió a la cama. Pensó en la viuda de Stuart y se masturbó furtivamente, como si lo hiciera en el retrete del colegio o detrás de un árbol. Se limpió con el papel higiénico y dejó caer la bola de papel en el suelo. Se durmió tras asumir la sorpresa de lo mucho que se parecen el olor de semen y el de las tumbas vacías.<br /> Se despertó a las dos horas de dormir. Tardó en adquirir conciencia del lugar. Trató de volver a dormirse, pero le molestaban el olor y la consistencia de unas sábanas demasiado tiempo abandonadas. Se hizo café. ¿Que se puede hacer en San Magín a las cinco de la mañana? Coger el autobús para ir a trabajar. A media taza de café, tuvo la idea de que Ana Briongos no tardaría en coger el autobús que la llevaría a la SEAT. Acabó el café. Lo pensó y lo repensó, pero finalmente abrió el tarro de pepinillos. Probó uno. Repugnante. El ascensor subió lentamente a buscarle como un gusano sube por la gusanera en que está aprisionado para siempre. Aceras solitarias, pero más allá de la esquina límite de la manzana se vislumbraban regueros humanos desperdigados obsesivamente orientados hacia la entrada del barrio. Aceleró los pasos para sumarse a los madrugadores. Un muchacho que llevaba subidas las solapas de una cazadora de napa negra le informó que los autobuses de la SEAT paraban en la plaza de entrada, al lado mismo del obelisco donde rezaba la leyenda Una ciudad nueva para una vida nueva. Permanecían allí dos autobuses azules, sus luces interiores perfilaban a los primeros ocupantes, los abrigaban con un calor hogareño en contraste con la fría hostilidad de la madrugada.</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/08/10/las-aventuras-robinson-crusoe-daniel-defoe Las aventuras de Robinson Crusoe.Daniel Defoe 2005-08-10T16:07:35+00:00 2007-11-06T06:39:18+00:00 <p>Comencé a pensar que aún podía rescatar muchas cosas útiles del barco, en especial, aparejos, velas,y cosas por el estilo, y traerlas a tierra. Así, pues, resolví regresar al barco, si podía. Sabiendo que la primera tormenta que lo azo tara, lo rompería en pedazos, decidí dejar de lado todo lo demás, hasta que hubiese rescatado del barco todo lo que pudiera. Entonces llamé a consejo, es decir, en mi propia mente, para decidir si debía volver a utilizar la balsa; mas no me pareció una idea factible. Volvería, como había hecho antes, cuando bajara la marea, y así lo hice, solo que esta vez me desnudé antes de salir del cobertizo y me quedé solamente con una camisa a cuadros, unos pantalones de lino y un par de escarpines. Subí al barco, del mismo modo que la vez anterior, y preparé una segunda balsa. Mas, como ya tenía experiencia, no la hice tan difícil de manejar, ni la cargué tanto como la primera, sino que me llevé las cosas que me parecieron más útiles. En el camarote del carpintero, encontré dos o tres bolsas llenas de clavos y pasadores , un gran destornilla dor, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, un artefacto muy útil que se llama yunque. Lo amarré todo, junto con otras cosas que pertenecían al artillero, tales como dos o tres arpones de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta para cazar, un poco más de pólvora, una bolsa grande de balas pequeñas y un gran rollo de lámina de plomo. Pero esto último era tan pesado, que no pude levantarlo para sacarlo por la borda.<br /> Aparte de estas cosas, cogí toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de proa de repuesto, una hamaca y ropa de cama. De este modo, cargué mi segunda balsa y, para mi gran satisfacción, pude llevarlo todo a tierra sano y salvo. Durante mi ausencia, temía que mis provisiones pudieran ser devoradas en la orilla pero cuando regresé, no encontré huellas de ningún visitante. Solo un animal, que parecía un gato salvaje, estaba sentado sobre uno de los arcones y cuando me acerqué, corrió hasta un lugar no muy distante y allí se quedó quieto. Estaba sentado con mucha compostura y despreocupación y me miraba fijamente a la cara, como si quisiera conocerme. Le apunté con mi pistola pero no entendió lo que hacía pues no dio muestras de preocupación ni tampoco hizo ademán de huir. Entonces le tiré un pedazo de galleta, de las que, por cierto, no tenía demasiadas, pues mis provisiones eran bastante escasas; como decía, le arrojé un pedazo y se acercó, lo olfateó, se lo comió, y se quedó mirando, como agradecido y esperando a que le diera más. Le di a entender cortésmente que no podía darle más y se marchó. Después de desembarcar mi segundo cargamento, aunque me vi obligado a abrir los barriles de pólvora y trasladarla poco a poco, pues estaba en unos cubos muy grandes, que pesaban demasiado, me di a la tarea de construir una pequeña tienda, con la vela y algunos palos que había cortado para ese propósito. Dentro de la tienda, coloqué todo lo que se podía estropear con la lluvia o el sol y apilé los arcones y barriles vacíos en círculo alrededor de la tienda para defenderla de cualquier ataque repentino de hombre o de animal. Cuando terminé de hacer esto, bloqueé la puerta de la tienda por dentro con unos tablones y por fuera con un arcón vacio. Extendí uno de los colchones en el suelo y, con dos pistolas a la altura de mi cabeza y una escopeta al alcance de mi brazo, me metí en cama por primera vez. Dormí tranquilamente toda la noche, pues me sentía pesado y extenuado de haber dormido poco la noche anterior y trajinado arduamente todo el día, sacando las cosas del barco y trayéndolas hasta la orilla. Tenía el mayor almacén que un solo hombre hubiese podido reunir jamás, pero no me sentía a gusto, pues pensaba que, mientras el barco permaneciera erguido, debía rescatar de él todo lo que pudiera. Así, pues, todos los días, cuando bajaba la marea, me llegaba hasta él y traía una cosa u otra. Particularmente, la tercera vez que fui, me traje todos los aparejos que pude, todos los cabos finos y las sogas que hallé, un trozo de lona, previsto para remendar las velas cuando fuera necesario, y el barril de pólvora que se había mojado. En pocas palabras, me traje todas las velas, desde la primera hasta la última, cortadas en trozos, para transportar tantas como me fuera posible en un solo viaje, puesto que ya no servían como velas sino simplemente como tela. Me sentí más satisfecho aún, cuando, al cabo de cinco o seis viajes, como los que he descrito, convencido de que ya no había en el barco nada más que valiese la pena rescatar, encontré un tonel de pan, tres barriles de ron y licor, una caja de azúcar y un barril de harina. Este hallazgo me sorprendió mucho, pues no esperaba encontrar más provisiones, excepto las que se habían estropeado con el agua. Vacié el tonel de pan, envolví los trozos, uno por uno, con los pedazos de tela que había cortado de las velas y lo llevé todo a tierra sano y salvo.Al día siguiente hice otro viaje y como ya había saqueado el barco de todo lo que podía transportar, seguí con los cables. Corté los más gruesos en trozos, de un tamaño pro porcional a mis fuerzas y, así, llevé dos cables y un cabo a la orilla, junto con todos los herrajes que pude encontrar. Corté, además el palo de trinquete y todo lo que me sirviera para construir una balsa grande, que cargué con todos esos objetos…</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/08/04/gastronomos-roald-dahl Gastrónomos.Roald Dahl 2005-08-04T21:49:55+00:00 2007-11-06T06:38:42+00:00 <p>cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” </p> <p>(Tales of the Unexpected, 1979)</p> <p>Éramos seis cenando aquella noche en la casa de Mike Schofield en Londres: Mike con su esposa e hija, mi esposa y yo, y un hombre llamado Richard Pratt.</p> <p>Richard Pratt era un famoso gourmet, presidente de una pequeña sociedad gastronómica conocida por «Los epicúreos», que mandaba cada mes a todos sus miembros un folleto sobre comida y vinos. Organizaba comidas en las cuales eran servidos platos opíparos y vinos raros. No fumaba por terror a dañar su paladar, y cuando discutía sobre un vino tenía la costumbre, curiosa y un tanto rara, de referirse a éste como si se tratara de un ser viviente.</p> <p>«Un vino prudente —decía—, un poco tímido y evasivo, pero prudente al fin.» O bien, «un vino alegre, generoso y chispeante. Ligeramente obsceno, quizá, pero, en cualquier caso, alegre».</p> <p>Yo había coincidido en casa de Mike dos veces con Richard Pratt anteriormente. En ambas ocasiones, Mike y su esposa se habían esmerado en preparar una comida especial para el famoso gourmet y, naturalmente, esta vez no iban a hacer una excepción.</p> <p>En cuanto entramos en el comedor me di cuenta de que la mesa estaba preparada para una fiesta. Los grandes candelabros, las rosas amarillas, la numerosa vajilla de plata, las tres copas de vino para cada persona, y, sobre todo, el suave olor a carne asada que venía de la cocina, hicieron que mi boca empezara a segregar saliva.</p> <p>Al sentarnos recordé que, en las dos anteriores visitas de Richard Pratt, Mike siempre había apostado con él acerca del vino clarete, presionándole para que dijera de qué año era la solera de aquel caldo. Pratt replicaba que eso no sería difícil para él. Entonces Mike apostaba con él sobre el vino en cuestión. Pratt había aceptado y ganado en ambas ocasiones. Esta noche estaba seguro de que volvería a jugar otra vez, porque Mike quería perder su apuesta y probar así que su vino era conocido como bueno, y Pratt, por su parte, parecía sentir un placer especial en exhibir sus conocimientos.</p> <p>La comida empezó con un plato de chanquetes dorados y fritos con mantequilla, rociados con vino de Mosela. Mike se levantó y lo sirvió él mismo, y cuando volvió a sentarse me di cuenta de que observaba atentamente a Richard Pratt. Había dejado la botella frente a mí para que pudiera leer la etiqueta. Esta decía: «Geirslay Ohligsberg, 1945.» Se inclinó hacia mí y me dijo que Geirslay era un pueblecito a orillas del Mosela, casi desconocido fuera de Alemania. Me dijo que ese vino era muy raro porque, siendo los viñedos tan escasos, para un extranjero resultaba prácticamente imposible conseguir una botella. El había ido personalmente a Geirslay el verano anterior para conseguir unas pocas docenas de botellas que consintieron en venderle.</p> <p>—Dudo que lo tenga alguien más en esta comarca —dijo, mirando de nuevo a Richard Pratt—. Lo bueno del Mosela —continuó, levantando la voz— es que es el vino más adecuado para servir antes del clarete. Mucha gente sirve vino del Rin, pero los que tal hacen no entienden nada de vinos. Cualquier vino del Rin mata el delicado bouquet del clarete. ¿Lo sabían? Es una barbaridad servir un Rin antes de un clarete. Pero el Mosela... ¡Ah! ¡El Mosela es el más indicado!</p> <p>Mike Schofield era un hombre de mediana edad, muy agradable. Pero era corredor de Bolsa. Para ser exacto, era un agiotista de la Bolsa y, como muchos de su clase, parecía estar un poco perplejo, casi avergonzado, de haber hecho dinero con tan poco talento. En su fuero interno sabía que no era sino un book-maker, un corredor de apuestas, un untuoso, infinitamente respetable y secretamente inescrupuloso corredor de apuestas. Suponía que sus amigos lo sabían también. Por eso quería convertirse en un hombre de cultura, cultivar un gusto literario y artístico, coleccionando cuadros, música, libros y todo lo demás. Su explicación acerca de los vinos del Rin y del Mosela formaba parte de esta cultura que él buscaba.</p> <p>—Un vino estupendo, ¿verdad? —dijo, mirando insistentemente a Richard Pratt.</p> <p>Yo le veía echar una furtiva mirada a la mesa cada vez que agachaba la cabeza para tomar un bocado de chanquetes. Yo casi le sentía esperar el momento en que Pratt cataría el primer sorbo, contemplaría el vaso tras haber bebido con una sonrisa de placer, de asombro, quizá hasta de duda, y entonces se suscitaría una discusión en la cual Mike le hablaría del pueblo de Geirslay.</p> <p>Pero Richard Pratt no probó el vino. Estaba conversando animadamente con Louise, la hija de Mike, la cual no tenía aún dieciocho años. Estaba frente a ella, sonriente, contándole, al parecer, alguna historia de un camarero en un restaurante parisiense. Mientras hablaba, se inclinaba más y más hacia Louise, hasta casi tocarla, y la pobre chica retrocedía lo máximo que podía, asintiendo cortésmente, o más bien desesperadamente, y mirándole no a la cara sino al botón superior de su smoking.</p> <p>Terminamos el pescado y la doncella empezó a retirar los platos. Cuando llegó a Pratt y vio que no había tocado su comida siquiera, dudó unos instantes. Entonces Pratt advirtió su presencia, la apartó, interrumpió su conversación y empezó a comer rápidamente, metiéndose el pescado en la boca con hábiles y nerviosos movimientos del tenedor. Cuando terminó, cogió su vaso y en dos tragos se bebió el vino para continuar en seguida su interrumpida conversación con Louise Schofield.</p> <p>Mike lo vio todo. Estaba sentado, muy quieto, conteniéndose y mirando a su invitado. Su cara, redonda y jovial, pareció ceder a un impulso repentino, pero se contuvo y no pronunció palabra.</p> <p>Pronto llegó la doncella con el segundo plato. Este consistía en un gran rosbif. Lo colocó en la mesa delante de Mike, quien se levantó y empezó a trincharlo, cortando las lonchas muy delgadas y poniéndolas delicadamente en los platos para que la doncella las fuera distribuyendo. Cuando hubo servido a todos, incluyéndose a sí mismo, dejó el cuchillo y se inclinó apoyando las manos en el borde de la mesa.</p> <p>—Bueno —dijo, dirigiéndose a todos, pero sin dejar de mirar a Richard—, ahora el clarete. Perdónenme, pero tengo que ir a buscarlo.</p> <p>—¿Vas a buscarlo tú, Mike? —dije—. ¿Dónde está?</p> <p>—En mi estudio. Está destapado, para que respire.</p> <p>—¿Por qué en el estudio?</p> <p>—Para que adquiera la temperatura ambiente, por supuesto. Lleva allí veinticuatro horas.</p> <p>—Pero ¿por qué en el estudio?</p> <p>—Es el mejor sitio de la casa. Richard me ayudó a escogerlo la última vez que estuvo aquí.</p> <p>Al oír su nombre Richard nos miró.</p> <p>—¿Verdad que sí? —dijo Mike.</p> <p>—Sí —dijo Pratt afirmando con la cabeza—, es verdad.</p> <p>—Encima del fichero de mi estudio —dijo Mike—. Ese fue el lugar que escogimos. Un buen sitio en una habitación con temperatura constante. Excúsenme, por favor. Voy a buscarlo.</p> <p>El pensamiento de un nuevo vino le devolvió el humor y dirigióse rápidamente a la puerta para regresar un minuto más tarde, despacio, solemnemente, llevando entre sus manos una cesta donde había una botella oscura. La etiqueta estaba invertida.</p> <p>—Bueno —gritó, viniendo hacia la mesa—. ¿Y éste, Richard? Este no lo adivinará nunca.</p> <p>Richard Pratt se volvió lentamente y miró a Mike; luego sus ojos descendieron hasta la botella metida en la cesta, levantó las cejas y echó hacia adelante el labio inferior con un gesto feo e imperioso.</p> <p>Mientras tanto las mujeres callaban, en una especie de mutismo embarazoso y tenso.</p> <p>—Nunca lo adivinará —repitió Mike—; ni en cien años.</p> <p>—¿Un clarete? —preguntó Richard, como afirmándolo.</p> <p>—Naturalmente.</p> <p>—Entonces me imagino que será de algún pequeño viñedo.</p> <p>—Puede que sí, Richard, y puede que no.</p> <p>—Pero ¿es de un buen año? ¿Una de las grandes cosechas?</p> <p>—Sí, eso se lo garantizo.</p> <p>—Entonces no puede ser difícil —dijo Richard Pratt, recalcando las palabras, ya un poco aburrido. Sólo que, en mi opinión, había algo extraño en su forma de pronunciar, y en su aburrimiento: en sus ojos se percibía una sombra algo diabólica, y en su actitud un ansia que me provocó una cierta inquietud.</p> <p>—Esta vez es realmente difícil —dijo Mike—. No le voy a coaccionar a que apueste por este vino.</p> <p>—¿Por qué no?</p> <p>Sus cejas se arquearon de nuevo y sus ojos adquirieron un extraño brillo.</p> <p>—Porque es difícil.</p> <p>—Esto no me deja en muy buen lugar.</p> <p>—Mi querido amigo —dijo Mike—, apostaré con gusto si usted lo desea.</p> <p>—No creo que sea tan difícil descubrirlo.</p> <p>—¿Significa eso que va a apostar?</p> <p>—Efectivamente, quiero apostar —dijo Pratt.</p> <p>—Muy bien, lo haremos como siempre.</p> <p>—No cree que pueda adivinarlo, ¿verdad?</p> <p>—Con todo el respeto, no lo creo —dijo Mike. Hacía esfuerzos por mantenerse correcto. Pero Pratt no se molestó mucho en ocultar su desdén por todo el asunto.</p> <p>Sin embargo, su pregunta siguiente traicionó un cierto interés.</p> <p>—¿Quiere aumentar la apuesta?</p> <p>—No, Richard.</p> <p>—¿Apuesta cincuenta cajas?</p> <p>—Sería tonto.</p> <p>Mike se quedó quieto detrás de su silla en la cabecera de la mesa, cogiendo la botella embutida en su ridícula cesta. Su rostro estaba pálido y la línea de sus labios era muy fina.</p> <p>Pratt estaba recostado en el respaldo de su silla, mirándole, con las cejas levantadas, los ojos medio cerrados y una ligera sonrisa en los labios. Observé de nuevo, o creí ver, algo enigmático en la cara del hombre, una sombra de ansia en sus ojos, que ocultaban cierta malignidad un tanto pueril y maliciosa.</p> <p>—Entonces, ¿no quiere subir a apuesta?</p> <p>—Por mí no hay inconveniente, querido amigo —dijo Mike—; apostaré lo que quiera.</p> <p>Las tres mujeres y yo estábamos callados, mirando a los dos hombres. La esposa de Mike empezaba a sentirse incómoda; su boca se contraía en un mohín de disgusto y me pareció que en cualquier momento iba a interrumpirles. El rosbif estaba intacto en los platos, jugoso y humeante.</p> <p>—Entonces, ¿apostaremos lo que yo quiera?</p> <p>—Exactamente, le apuesto lo que quiera, si está dispuesto a mantener la apuesta.</p> <p>—¿Hasta diez mil libras?</p> <p>—Desde luego, si así lo desea.</p> <p>Mike iba ganando confianza por momentos. Sabía ciertamente que podía apostar cualquier suma que Pratt dijera.</p> <p>—Entonces, ¿apuesto yo primero? —preguntó Pratt otra vez.</p> <p>—Eso es lo que he dicho.</p> <p>Hubo una pausa en la cual Pratt me miró a mí y luego a las tres mujeres detenidamente. Parecía querer recordarnos que éramos testigos de la oferta.</p> <p>—¡Mike! —dijo la señora Schofield rompiendo la tensión ambiental—, ¿por qué no dejas de hacer tonterías y empezamos a comer? La carne se está enfriando.</p> <p>—No es ninguna tontería —dijo Pratt tranquilamente—; estamos haciendo una apuesta.</p> <p>Distinguí a la doncella en segundo término con una fuente de verdura en las manos, dudando entre seguir adelante o no.</p> <p>—Muy bien —dijo Pratt—, le diré qué es lo que quiero que apueste.</p> <p>—Diga, pues —le respondió Mike descaradamente—, empiece.</p> <p>Pratt volvió la cabeza y nuevamente una diabólica sonrisa apareció en sus labios. Luego, lentamente, mirándonos a Mike y a mí, dijo:</p> <p>—Quiero que apueste para mí, la mano de su hija. Louise Schofield dio un salto de la silla.</p> <p>—¡Eh! —gritó—. ¡No, esto no tiene gracia! Oye, papá, no tiene ninguna gracia.</p> <p>—No te preocupes, querida —la tranquilizó su madre—; sólo están jugando.</p> <p>—No bromeo —dijo Richard Pratt.</p> <p>—¡Esto es ridículo! —exclamó Mike, perdiendo el control de sus nervios.</p> <p>—Usted ha dicho que apostara lo que quisiera.</p> <p>—¡Yo he querido decir dinero!</p> <p>—No ha dicho dinero.</p> <p>—Eso es lo que he querido decir.</p> <p>—Pues es una lástima que no lo haya dicho. De todas formas, si se arrepiente de su oferta, no tengo inconveniente.</p> <p>—No voy a retirar mi oferta, amigo mío. Lo que pasa es que usted no tiene una hija para substituir a la mía, en caso de que pierda, y aunque la tuviera, yo no me casaría con ella.</p> <p>—Me alegro de oírte decir eso, querido —intervino su esposa.</p> <p>—Me apuesto lo que usted quiera —anunció Pratt—. Mí casa, por ejemplo, ¿qué le parece mi casa?</p> <p>—¿Cuál de ellas? —preguntó Mike, bromeando.</p> <p>—La del campo.</p> <p>—¿Por qué no la otra, también?</p> <p>—De acuerdo, si así lo quiere usted. Las dos casas.</p> <p>En aquel momento, vi dudar a Mike. Dio un paso adelante y colocó la botella sobre la mesa. Puso el salero a un lado, luego hizo lo mismo con la pimienta. Seguidamente cogió un cuchillo y durante unos segundos examinó pensativamente la hoja, colocándolo luego en su sitio otra vez. Su hija también le vio vacilar.</p> <p>—Bueno, papá —gritó—. ¡No seas absurdo! Esto es una soberana tontería. Me niego a que me apostéis, como si fuera un trofeo de caza.</p> <p>—Tienes mucha razón, nena —dijo su madre—. Ya está bien, Mike. Siéntate y come.</p> <p>Mike no le hizo ningún caso. Miró a su hija paternalmente. Sus ojos brillaban con un gesto de triunfo.</p> <p>—¿Sabes, Louise? —le dijo, sonriendo mientras hablaba—, debemos pensarlo.</p> <p>—Bueno. ¡Ya está bien, papá! ¡Me niego a escucharte! ¡En mi vida he oído una cosa tan ridícula!</p> <p>—Hablemos en serio, querida. Espera un momento y escucha lo que voy a decirte.</p> <p>—¡No quiero oírlo!</p> <p>—¡Louise, por favor! Se trata de lo siguiente: Richard ha hecho una apuesta seria, él es quien ha apostado, no yo. Si pierde, tendrá que desprenderse de sus valiosas propiedades. Espera un momento, querida, no interrumpas. La cosa es ésta: no puede ganar. </p> <p>—El cree que sí.</p> <p>—Ahora, escúchame, porque yo sé de qué se trata. El experto, al paladear un clarete, siempre que no sea algún vino famoso como Laffite o Latour, sólo puede dar un nombre aproximado de la viña. Naturalmente puede decir el distrito de Burdeos de donde viene el vino, sea St. Emilion, Pomerol, Graves o Médoc. Pero cada distrito tiene varias comarcas, pequeños condados, y cada condado tiene gran número de pequeños viñedos. Es imposible que un hombre pueda diferenciarlos por el gusto y el olor. No me importa decirte que éste que tengo aquí es vino de una pequeña viña rodeada de muchas otras y nunca podrá adivinarlo. Es imposible.</p> <p>—No puedes asegurar eso —dijo su hija.</p> <p>—Te digo que sí. Aunque no sea demasiado correcto por mi parte el decirlo, entiendo un poco de vinos. Y además, ¡por el amor del cielo!, soy tu padre y supongo que no pensarás que te voy a obligar a algo que no quieres, ¿verdad? Te estoy haciendo ganar dinero.</p> <p>—¡Mike! —le replicó su mujer duramente—. ¡No sigas, Mike, por favor!</p> <p>De nuevo pareció ignorarla.</p> <p>—Si consientes en esta apuesta, en diez minutos poseerás dos grandes casas.</p> <p>—Pero yo no quiero dos casas, papá.</p> <p>—Entonces las vendes. Véndeselas a él inmediatamente. Yo lo arreglaré todo. Piénsalo, querida. Serás rica, independiente para toda la vida.</p> <p>—¡Oh, papá, no me gusta! Me parece una cosa tonta.</p> <p>—A mí también —dijo la madre.</p> <p>Al hablar, movía la cabeza de arriba abajo como una gallina.</p> <p>—Deberías avergonzarte de ti mismo, Michael, por sugerir una cosa así. ¡Llegar a apostar a tu propia hija! Mike ni siquiera la miró.</p> <p>—Acepta —dijo testarudamente, mirando a la chica—. ¡Acepta!, ¡rápido! Te garantizo que no perderás.</p> <p>—No me gusta eso, papá.</p> <p>—Vamos, nena, ¡acepta!</p> <p>Mike la forzaba más y más. Estaba inclinado hacia ella, mirándola fijamente, como si tratara de hipnotizarla.</p> <p>—¿Y si pierdo? —dijo con voz ahogada.</p> <p>—Te repito que no puedes perder, te lo garantizo.</p> <p>—¡Oh, papá! ¿Debo hacerlo?</p> <p>—Te voy a hacer ganar una fortuna, así que no lo pienses más. ¿Qué dices, Louise? ¿De acuerdo?</p> <p>Por última vez, ella dudó. Luego, se encogió de hombros desesperadamente y dijo:</p> <p>—Bien, acepto, siempre que me jures que no hay peligro de perder.</p> <p>—¡Estupendo! —exclamó Mike—. Entonces apostamos.</p> <p>Inmediatamente, Mike cogió el vino, se sirvió primero a sí mismo y luego fue llenando los vasos de los demás. Ahora todos miraban a Richard Pratt, observando su rostro mientras él cogía su vaso con la mano derecha y se lo llevaba a la nariz. Era un hombre de unos cincuenta años y su rostro no era muy agradable. Todo era boca —boca y labios—, esos labios gruesos y húmedos del sibarita profesional, con el labio inferior más saliente en el centro, un labio colgante y permanentemente abierto con el fin de recibir más fácilmente la comida y la bebida. Como un embudo, pensé yo al observarle: su boca es un embudo grande y húmedo.</p> <p>Lentamente, levantó el vaso hacia la nariz.</p> <p>La punta de la nariz se metió en el vaso, y se deslizó por la superficie del. vino, husmeando con delicadeza. Agitó el vino en su vaso, para poder percibir mejor el aroma. Parecía intensamente concentrado. Había cerrado los ojos y la mitad superior de su cuerpo, la cabeza, cuello y pecho parecían haberse convertido en una sensitiva máquina de oler, recibiendo, filtrando, analizando el mensaje que le transmitía la nariz, con sus aletas carnosas, eréctiles, nerviosas y sensitivas.</p> <p>Observé a Mike, sentado en su silla, aparentemente despreocupado, pero atento a todos los movimientos. La señora Schofield, su esposa, estaba sentada muy erguida en el lado opuesto de la mesa, mirando de frente, con gesto de desaprobación en el rostro. Louise, la hija, había separado un poco la silla y, como su padre, observaba atentamente los movimientos del sibarita.</p> <p>Durante un minuto el proceso olfativo continuó; luego, sin abrir los ojos ni mover la cabeza, Pratt acercó el vaso a su boca y bebió casi la mitad de su contenido. Después del primer sorbo, se paró para paladearlo, luego lo hizo pasar por su garganta y pude ver su nuez moverse al paso del líquido. Pero no se lo tragó todo, sino que se quedó casi todo el sorbo en la boca. Entonces, sin tragárselo, hizo entrar por sus labios un poco de aire que mezclándose con el aroma del vino en su boca pasó luego a sus pulmones. Contuvo la respiración, sacando luego el aire por la nariz; para poner finalmente el vino debajo de la lengua y engullirlo, masticándolo con los dientes, como si fuera pan.</p> <p>Fue una representación solemne e impresionante, debo confesar que lo hizo muy bien.</p> <p>—¡Hum! —dijo, dejando el vaso y relamiéndose los labios con la lengua—, ¡hum!, sí..., un vinito muy interesante, cortés y gracioso, de gusto casi femenino.</p> <p>Tenía saliva en exceso en la boca y al hablar soltó algunos salpicones sobre la mesa.</p> <p>—Ahora empezaremos a eliminar —dijo—, me perdonarán si lo hago concienzudamente, pero es que me juego mucho. Normalmente, quizá me hubiera arriesgado y hubiera dicho directamente el nombre del viñedo de mi elección. Pero esta vez debo tener precaución, ¿verdad?</p> <p>Miró a Mike y le dedicó una espesa y húmeda sonrisa. Mike no le sonrió.</p> <p>—En primer lugar: ¿de qué distrito de Burdeos procede este vino? No es demasiado difícil de adivinar. Es excesivamente ligero para ser St. Emilion o Graves. Desde luego, es un Médoc, no cabe duda.</p> <p>»Veamos, ¿de qué comarca de Médoc procede? Esto, por eliminación, tampoco es difícil de saber. ¿Margaux? No. No puede ser Margaux, no tiene el aroma violento de un Margaux. ¿Pauillac? Tampoco puede ser Pauillac. Es demasiado tierno y gentil para ser un Pauillac. El vino de Pauillac tiene un carácter casi imperioso en su gusto. Además, para mí, Pauillac contiene un curioso y peculiar residuo que la uva toma del suelo de la viña. No, no. Este es un vino muy gentil, serio y tímido la primera vez que se prueba. Quizá sea un poco revoltoso a la segunda degustación, excitando la lengua con un poquito de ácido tánico. Después de haberlo saboreado, es delicioso, consolador y femenino, con la generosa calidad que se asocia a los vinos de la comarca de St. Julien. Indudablemente, éste es un St. Julien.</p> <p>Se respaldó en la silla, puso las manos a la altura del pecho con los dedos juntos. Estaba poniéndose ridículamente pomposo, pero creo que lo hacía deliberadamente para burlarse de su anfitrión. Esperé ansiosamente a que continuara. Louise encendió un cigarrillo. Pratt le oyó rascar el fósforo y se volvió hacia ella, mirándola con ira.</p> <p>—¡Por favor, no lo haga! Fumar en la mesa es una costumbre horrible.</p> <p>Ella le miró, con el fósforo en la mano, observándolo fijamente con sus grandes ojos, quedando así un momento, y echándose hacia atrás otra vez, lenta y ceremoniosamente. Luego inclinó la cabeza y apagó el fósforo, pero continuó con el cigarrillo sin encender entre los dedos.</p> <p>—Lo siento, querida —dijo Pratt—, pero no puedo consentir que se fume en la mesa. Ella no le volvió a mirar.</p> <p>—Bueno, veamos. ¿Dónde estábamos? —dijo él—. ¡Ah, sí! Este vino es de Burdeos, de la comarca de St. Julien, en el distrito de Médoc. Hasta ahora voy bien. Pero llegamos a lo más difícil: el nombre de la viña. Porque en St. Julien hay muchos viñedos y, como ya ha señalado nuestro anfitrión anteriormente, a menudo no hay mucha diferencia entre el vino de uno y de otro, pero ya veremos.</p> <p>Hizo una pausa otra vez, cerrando los ojos.</p> <p>—Estoy tratando de establecer la cosecha —dijo—, si consigo esto, tendré ganada la mitad de la batalla. Bueno, veamos. Evidentemente, este vino no es de la primera cosecha de una viña, ni de la segunda. No es un gran vino. La calidad, la..., el..., ¿cómo lo llaman?: el esplendor, el poder, eso falta. Pero la tercera cosecha, ésa sí podría ser. Sin embargo, lo dudo. Sabemos que es de un buen año, nuestro anfitrión lo ha dicho. Esto lo desfigura un poco. Tengo que ser prudente, muy prudente, en este punto.</p> <p>Tomó el vaso y dio otro sorbo.</p> <p>—Sí —dijo, secándose los labios—, tenía razón. Es de la cuarta cosecha, ahora estoy seguro. La cuarta cosecha de un año muy bueno, bueno de verdad. Eso es lo que le dio el gusto de tercera y hasta segunda cosecha. ¡Bien! ¡Esto está mejor! ¡Nos vamos acercando! ¿Cuáles son las viñas de las cuartas cosechas de la comarca de St. Julien?</p> <p>Volvió a pararse, tomó el vaso y se lo puso en los labios. Luego le vi sacar la lengua, estrecha y rosada, con la punta metiéndose en el vino, escondiéndose otra vez; era un espectáculo repulsivo. Cuando dejó el vaso, mantuvo los ojos cerrados, el rostro concentrado, sólo los labios se movían, restregándose uno contra otro como dos piezas de húmeda y esponjosa goma.</p> <p>—¡Aquí está otra vez! —gritó—. Ácido tánico después de un sorbo y una sensación bajo la lengua. ¡Sí, sí, claro, ya lo tengo! El vino procede de una de esas pequeñas viñas de los alrededores de Beychevelle. Ahora recuerdo. El distrito de Beychevelle, el río, el pequeño puerto, anticuado y ridículo. Beychevelle... ¿Puede ser el mismo Beychevelle? No, no creo. No exactamente, pero debe de ser muy cerca de allí. ¿Château Talbot? ¿Puede ser Talbot? Sí, podría ser: esperen un momento.</p> <p>Volvió a probar el vino y al fijarme en Mike Schofield le vi inclinarse más y más sobre la mesa, con la boca un poco abierta y sus ojos fijos en Richard Pratt.</p> <p>—No. Estaba equivocado. Un Talbot viene más pronto a la memoria que ése; la fruta está más cerca de la superficie. Si es un «34», que creo que es, no puede ser Talbot. Bien, bien. Déjenme pensar. No es un Beychevelle y no es un Talbot, y sin embargo está tan cerca de ambos, tan cerca, que el viñedo debe de estar en medio. ¿Qué podrá ser?</p> <p>Dudó unos momentos. Nosotros esperamos, observando su rostro. Todos, hasta la esposa de Mike, le mirábamos. Oí a la doncella poner el plato de verduras en el aparador, detrás de mí, suavemente, para no turbar el silencio.</p> <p>—¡Ah! —gritó—, ¡ya lo tengo! ¡Sí, creo que lo tengo!</p> <p>Por última vez probó el vino. Luego, con el vaso todavía cerca de la boca, se volvió hacia Mike y le dedicó una lenta y suave sonrisa, diciéndole:</p> <p>—¿Sabe lo que es? Este es el pequeño Château Branaire-Duoru.</p> <p>Mike quedó inmóvil.</p> <p>—Y del año 1934.</p> <p>Todos miramos a Mike, esperando que volviese la botella y nos enseñara la etiqueta.</p> <p>—¿Es ésa su respuesta? —dijo Mike.</p> <p>—Sí, creo que sí.</p> <p>—Bueno. ¿Es o no es la respuesta final?</p> <p>—Sí, es mi respuesta definitiva.</p> <p>—¿Me quiere decir su nombre otra vez?</p> <p>—Château Branaire-Duoru. Una pequeña viña. Un viejo castillo, lo conozco muy bien. No comprendo cómo no lo he reconocido desde el principio.</p> <p>—Vamos, papá —dijo la chica—, vuelve la botella y veamos qué pasa. Quiero mis dos casas.</p> <p>—Un momento —dijo Mike—, espera un momento. Parecía inquieto y sorprendido y su rostro iba palideciendo como si fuera perdiendo las fuerzas.</p> <p>—¡Michael!—exclamó su esposa desde la otra parte de la mesa—. ¿Qué pasa?</p> <p>—No te metas en esto, Margaret, por favor. Richard Pratt miraba a Mike con ojos brillantes. Mike no miraba a nadie.</p> <p>—¡Papá! —gritó la hija angustiada—. ¡No me digas que lo ha adivinado!</p> <p>—No te preocupes, querida. No hay por qué angustiarse. Supongo que fue por 'desembarazarse de la familia por lo que Mike se volvió hacia Richard Pratt y le dijo:</p> <p>—Oiga, Richard, creo que será mejor que vayamos a la otra habitación y hablemos.</p> <p>—No quiero hablar —dijo Pratt, fríamente—, lo que quiero es ver la etiqueta de la botella.</p> <p>Ahora sabía que había ganado, tenía la arrogancia y la apostura del ganador y me di cuenta de que se molestaría si encontraba algún impedimento.</p> <p>—¿Qué espera? —le dijo a Mike—. ¡Déle la vuelta!</p> <p>Entonces ocurrió: la doncella, la pequeña y fina figura de la doncella de uniforme blanco y negro, estaba de pie al lado de Richard Pratt con algo en la mano.</p> <p>—Creo que son suyas, señor —dijo.</p> <p>Pratt la miró y vio las gafas que ella le tendía. Dudó un momento.</p> <p>—¿Son mías? Sí, seguramente, no sé...</p> <p>—Sí, señor, son suyas.</p> <p>La doncella era una mujer mayor, más cerca de los setenta que de los sesenta y llevaba muchos años en la casa. Puso las gafas en la mesa, a su lado.</p> <p>Sin darle las gracias, Pratt las cogió y las deslizó en el bolsillo de la chaqueta, detrás del blanco pañuelo.</p> <p>Pero la doncella no se retiró. Se quedó de pie, detrás de Richard Pratt. Había algo raro en ella y en la manera de quedarse allí, derecha y sin moverse. La observé con repentino interés. Su viejo rostro tenía una mirada fría y determinada, los labios apretados y las manos juntas delante de ella. La cofia en la cabeza y la blanca pechera del uniforme la hacían parecerse a un pajarito.</p> <p>—Las ha dejado en el estudio —dijo. Su voz era deliberadamente correcta—, encima del fichero verde, cuando ha ido allí, solo, antes de la cena.</p> <p>Sus palabras tardaron unos minutos en tomar sentido y en el silencio que siguió a ellas advertí que Mike se sentaba con tranquilidad en su silla, volviéndole el color a las mejillas, los ojos muy abiertos, la extraña curva de su boca y la blancura de las aletas de la nariz.</p> <p>— ¡Bueno, Michael! —dijo su esposa—. ¡Cálmate, Michael, querido, cálmate!</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/30/los-posatigresjulio-cortazar Los posatigres.Julio Cortázar 2005-07-30T18:11:59+00:00 2007-11-06T06:38:28+00:00 <p>Mucho antes de llevar nuestra idea a la práctica sabíamos que el posado de los tigres planteaba un doble problema, sentimental y moral. El primero no se refería tanto al posado como al tigre mismo, en la medida en que a estos felinos no les agrada que los posen y acuden a todas sus energías, que son enormes, para resistirse. ¿Cabía en esas circunstancias arrostrar la idiosincrasia de dichos animales? Pero la pregunta nos trasladaba al plano moral, donde toda acción puede ser causa o efecto de esplendor o de infamia. De noche, en nuestra casita de la calle Humboldt, meditábamos frente a los tazones de arroz con leche, olvidados de rociarlos con canela y azúcar. No estábamos verdaderamente seguros de poder posar un tigre, y nos dolía.<br /> Se decidió por último que posaríamos uno, al solo efecto de ver jugar el mecanismo en toda su complejidad, y que más tarde evaluaríamos los resultados. No hablaré aquí de la obtención del primer tigre: fue un trabajo sutil y penoso, un correr por consulados y droguerías, una complicada urdimbre de billetes, cartas por avión y trabajo de diccionario. Una noche mis primos llegaron cubiertos de tintura de yodo: era el éxito. Bebimos tanto nebiolo que mi hermana la menor acabó destendiendo la mesa con el rastrillo. En esa época éramos más jóvenes. Ahora que el experimento ha dado los resultados que conocemos, puedo facilitar detalles del posado. Quizá lo más difícil sea todo lo que se refiere al ambiente, pues se requiere una habitación con el mínimo de muebles, cosa rara en la calle Humboldt. En el centro se coloca el dispositivo: dos tablones cruzados, un juego de varillas elásticas y algunas jarras de barro con leche y agua. Posar el tigre no es demasiado difícil, aunque puede ocurrir que la operación fracase y haya que repetirla; la verdadera dificultad empieza en el momento en que ya posado, el tigre recobra la libertad y opta -de múltiples maneras posibles- por ejercitarla. En esta etapa, que llamaré intermedia, las reacciones de mi familia son fundamentales; todo depende de cómo se conduzcan mis hermanas, de la habilidad con que mi padre vuelva a posar el tigre, utilizándolo al máximo como un alfarero su arcilla. La menor falla sería la catástrofe, los fusibles quemados, la leche por el suelo, el horror de unos ojos fosforescentes rayando las tinieblas, los chorros tibios a cada zarpazo; me resisto a imaginarlo siquiera, puesto que hasta ahora hemos posado el tigre sin consecuencias peligrosas. Tanto el dispositivo como las diferentes funciones que debemos desempeñar todos, desde el tigre hasta mis primos segundos, parecen eficaces y se articulan armoniosamente. Para nosotros el hecho en sí de posar el tigre no es importante, sino que la ceremonia se cumpla hasta el final sin transgresión. Es preciso que el tigre acepte ser posado, o que lo sea de manera tal que su aceptación o su rechazo carezcan de importancia. En los instantes que uno sentiría la tentación de llamar cruciales -quizá por los dos tablones, quizá por más difícil sea todo lo que se refiere al ambiente, pues se requiere una habitación con el mínimo de muebles, cosa rara en la calle Humboldt. En el centro se coloca el dispositivo: dos tablones cruzados, un juego de varillas elásticas y algunas jarras de barro con leche y agua. Posar el tigre no es demasiado difícil, aunque puede ocurrir que la operación fracase y haya que repetirla; la verdadera dificultad empieza en el momento en que ya posado, el tigre recobra la libertad y opta -de múltiples maneras posibles- por ejercitarla. En esta etapa, que llamaré intermedia, las reacciones de mi familia son fundamentales; todo depende de cómo se conduzcan mis hermanas, de la habilidad con que mi padre vuelva a posar el tigre, utilizándolo al máximo como un alfarero su arcilla. La menor falla sería la catástrofe, los fusibles quemados, la leche por el suelo, el horror de unos ojos fosforescentes rayando las tinieblas, los chorros tibios a cada zarpazo; me resisto a imaginarlo siquiera, puesto que hasta ahora hemos posado el tigre sin consecuencias peligrosas. Tanto el dispositivo como las diferentes funciones que debemos desempeñar todos, desde el tigre hasta mis primos segundos, parecen eficaces y se articulan armoniosamente. Para nosotros el hecho en sí de posar el tigre no es importante, sino que la ceremonia se cumpla hasta el final sin transgresión. Es preciso que el tigre acepte ser posado, o que lo sea de manera tal que su aceptación o su rechazo carezcan de importancia. En los instantes que uno sentiría la tentación de llamar cruciales -quizá por los dos tablones, quizá por </p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/29/el-pescador-del-patioretedomus El pescador del patio.Retedomus 2005-07-29T17:01:57+00:00 2007-11-06T06:38:27+00:00 <p>La mujer dejó las bolsas de la compra sobre el suelo y lanzó un suspiro de alivio.Una voz inquisitiva le pregunta desde un rincón de la casa.<br /> _¿Maria, has traido las sardinas ?<br /> _Si, ahora te las doy.<br /> El hombre moreno, desgreñado con barba de varios dias y arrugado como una pasa, viste una sucia camisa de cuadros y un pantalón de tergal, tapizado por una costra de grasa, como única indumentaria.<br /> Coge una sardina que le alarga la mujer y sopesandola,dice..<br /> _Esta es buena , creo que valdrá .<br /> Sujeta con la mano izquierda el plateado cuerpo del pez y con la derecha introduce la punta del anzuelo por uno de los ojos y lo saca por el otro, comprueba mediante un tirón la firmeza del enganche y asomándose por la ventana va bajando el hilo del que pende la sardina, hasta el suelo del miserable patio. Botellas de plástico renegrido, botes de conserva, cartones de vino vacios , matorrales y hierbas de escombrera tapizan el patio encajonado entre míseros edificios descoloridos, deslavados de mil lluvias. En varias ventanas se observa una escena similar de hilos colgando con una sardina en el extremo.<br /> Dentro de un bidón comido por el oxido, un gato gris levanta repentinamente la cabeza al percibir en el aire el husmillo de la sardina, se yergue con el cuerpo tenso y sale lentamente de su guarida con el rabo enhiesto casi tocándole la cabeza.Con sutil cuidado esquiva las porquerías del patio y caminando con seguridad se acerca a la sardina. En otros puntos del patio se desarrolla con exactitud la misma escena con la única variación del color del gato.Un silencio expectante invade el patio y sus aledaños,no se oye un aparato de radio, nadie tose,no se oye el llanto de ningún niño. Ni siquiera se oye el tráfico de la carretera que pasa al lado de las miserables casuchas amontonadas. La tensión crece por momentos, todo el mundo esta pendiente de lo que ocurre.El gato gris esta oliendo la sardina que se le ofrece tentadora. Está el gato parado, contemplando lo que ha de ser su cena con los sentidos obnubilados, sin reparar en el hilo que nace de los ojos del pez. Da un paso y se acerca definitivamente, agacha la cabeza y comienza a lamer el pez, sus jugos gástricos ya rezuman por las paredes del estomago y con premura hinca los dientes en el lomo del pescado y comienza a comer, devora la mitad del pez hasta las agallas, levanta la cabeza y se relame. En ese preciso instante un par de ávidos ojos que habían seguido con máximo interés el suceso brillan con malicia y las manos tiran suavemente del hilo dejando los restos de la sardina por encima del gato a dos palmos del suelo. El gato al percibir el movimiento tensa las orejas y observa con los ojos muy abiertos los restos de la sardina que ahora penden sobre su cabeza, tremolan sus patas traseras y se lanza en un salto perfecto sobre los restos del pez engulléndolos de un bocado ; a su vez desde la ventana las manos dan un fuerte tirón del hilo y un ronco alarido brota incontenible de las gargantas llenando el patio de ecos sobrecogedores. Varios gatos cuelgan ahora en el vacío con los pelos erizados y pugnando por liberarse del garfio que tienen clavado en sus entrañas.<br /> Lentamente la multitud de manos comienzan a izar sus respectivas presas. El hombre que ha capturado al gato gris con los ojillos brillantes por la emoción se dirige a la mujer, María prepara la cazuela que este pesa por lo menos tres kilos y tenemos comida para varios dias.</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/25/el-diccionario-del-diabloambrose-bierce El diccionario del diablo.Ambrose Bierce 2005-07-25T17:47:16+00:00 2007-11-06T06:38:20+00:00 <p><strong>Amistad</strong>, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.<br /> <strong>Cerebro</strong>, s. Aparato con que pensamos que pensamos. Lo que distingue al hombre contento con “ser” algo del que quiere “hacer” algo. Un hombre de mucho dinero,o de posición prominente, iene por lo común tanto cerebro en la cabeza que sus vecinos no pueden conservar el sombrero puesto.En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder.<br /> <strong>Alba</strong>, s. Momento en que los hombres razonables se van a la cama. Algunos ancianos prefieren levantarse a esa hora,darse una ducha fría, realizar una larga caminata con el estómago vacío y mortificar su carne de otros modos parecidos. Después orgullosamente atribuyen a esas prácticas su robusta salud y su longevidad; cuando lo cierto es que son viejos y vigorosos no a causa de sus costumbres sino a pesar de ellas. Si las personas robustas son las únicas que siguen esta norma es porque las demás murieron al ensayarla.</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/22/estudio-escarlatasir-arthur Estudio en Escarlata.Arthur Conan Doyle 2005-07-22T16:28:15+00:00 2007-11-06T06:38:17+00:00 <p>El número tres de Lauriston Gardens ofreció un aspecto entre amenazador y siniestro. Formaba parte de un grupo de cuatro inmuebles sitos algo a trasmano de la carretera, dos de ellos habitados y vacíos lo restantes. Las fachadas de estos últimos estaban guarnecidas de tres melancólicas hileras de ventanas, tan polvorientas y cegadas que no habría resultado fácil distinguir unas de otras a no ser porque, de trecho en trecho, podía verse, como una catarata crecida en la oquedad de un ojo, el cartel de «Se alquila». Unos jardincillos salpicados de cierta vegetación anémica y escasa ponían tierra entre la calle y los portales, a los que se accedía por unos senderos estrechos, compuestos de una sustancia amarillenta que parecía ser mezcla de arcilla y grava. La lluvia caída durante la noche había convertido el paraje en un barrizal. El jardín se hallaba ceñido por un muro de ladrillo, de tres pies de altura y somero remate de madera; sobre este cercado o empalizada descansaba su macicez un guar-dia,rodeado de un pequeño grupo de curiosos,quienes, castigando inútilmente la vista y el cuello, hacían lo imposible por alcanzar el interior del recinto. Yo había imaginado que Sherlock Holmes entraría de galope en el edificio para aplicarse sin un momento de pérdida al estudio de aquel misterio. Nada más lejos, aparentemente, de su propósito. Con un aire negligente que, dadas las circunstancias, rayaba en la afectación, recorrió varias veces, despacioso, el largo de la carretera, lanzando miradas un tanto ausentes al suelo, el cielo, las casas fronteras y la valla de madera. Acabado que hubo semejante examen, se dio a seguir palmo a palmo el sendero, o mejor dicho, el borde de hierba que flanqueaba el sendero, fijos los ojos en tierra. Dos veces se detuvo y una de ellas le vi sonreírse, a la par que de sus labios escapaba un murmullo de satis-facción. Se apreciaban sobre el suelo arcilloso varias improntas de pasos; pero como quiera que la policía había estado yendo y viniendo, no alcanzaba yo a comprender de qué utilidad podían resultar tales huellas a mi amigo. Con todo, en vista de las extraordinarias pruebas de facultad perceptiva que poco antes me había dado, no me cabía la menor duda de que a sus ojos se hallaban presentes muchos más indicios que a los míos. </p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/20/el-viejo-manuscritofranz-kafka El viejo manuscrito.Franz Kafka 2005-07-20T17:32:14+00:00 2007-11-06T06:38:13+00:00 <p>Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.<br /> Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.<br /> Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.<br /> Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.<br /> También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.<br /> Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios entorno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.<br /> Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.<br /> —¿En qué terminará esto? —nos preguntamos todos—. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómades, pero no sabe como hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/19/pedro-paramojuan-rulfo Pedro Páramo.Juan Rulfo 2005-07-19T10:36:35+00:00 2007-11-06T06:38:10+00:00 <p>Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.Mi madre me lo dijo.Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.<br /> Todavía antes me había dicho:<br /> -No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.<br /> -Así lo haré, madre.<br /> Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja».<br /> -¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?<br /> -Comala, señor.<br /> -¿Está seguro de que ya es Comala?<br /> -Seguro, señor.<br /> -¿Y por qué se ve esto tan triste?<br /> -Son los tiempos, señor.<br /> Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy<br /> hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro.Desde ese lugar se ve Comala,blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta,casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre.<br /> -¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban.<br /> -Voy a ver a mi padre -contesté.<br /> -¡Ah! -dijo él.<br /> Y volvimos al silencio.<br /> Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros.Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.-Bonita fiesta le va a armar -volví a oír la voz del que iba allí a mi lado-.Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí.</p> El Viejo Almacén de Libros http://s3.amazonaws.com/lcp/antonio/myfiles/pda (7)65x65.JPG http://antonio.lacoctelera.net/post/2005/07/18/el-lobo-estepariohermann-hesse El lobo estepario.Hermann Hesse 2005-07-18T22:48:38+00:00 2007-11-06T06:38:10+00:00 <p>Sólo para locos</p> <p>El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.</p> <p>El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado. Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.</p> <p>En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.<br /> Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desdelos años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.<br /> Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo,libros,manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.</p>